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domingo, 6 de diciembre de 2015

Algunos lugares a los que queremos volver

Una no acostumbra a pensar en la cantidad de ex(s), en singular o en plural, según los parámetros sociales usados, que cargamos a nuestras espaldas. El prefijo ex (que fue y ya no es) no solo se puede aplicar a novios, parejas de hecho o cónyuges. También se puede utilizar cuando hablamos de un trabajo, de una casa, de una ciudad o de una tarde. A veces, el prefijo ex nos inspira y recordamos aquellos lugares a los que queremos volver. Menos a los ex(s) sentimentales que se olvidan en 19 días y 500 noches, como dice la canción.


Me encantan los mensajes de @SresLoboWTF.




Añoramos algunas ciudades o momentos de la vida. Hace poco una amiga mía miraba a sus hijas, que aún son bebés; y trataba de explicar la nostalgia que sentía al pensar en el día en que nacieron. Tenía miedo porque ya no iba a volver a disfrutar de ese maravilloso primer año de vida ni de todos los aprendizajes de las niñas. Incluso, confesó que echaba de menos el momento del parto y la sensación de sostenerlas por primera vez.

Dándole una vuelta a la reflexión solo deseo que la vida de cada uno de los que leen el blog esté llena de ex (s) porque significa que hemos ido más allá, que hemos vivido. Así que he decido que voy a seguir ampliando mi lista, que últimamente he actualizado poco.

domingo, 25 de octubre de 2015

No a la guerra

Los ciudadanos perdieron la voz el año 2003. La consigna era la misma en todas las ciudades de España: No a la guerra. El sentimiento antibélico estaba presente en todos los rincones, actuó como nexo común. Entonces, todavía estudiaba Filosofía en el instituto. Pero recuerdo que ese año, un día a la semana, alumnos y profesores íbamos juntos a las manifestaciones con la esperanza de evitar una nueva Guerra. Supongo que unos eran más conscientes que otros de lo que significaban las balas. En España, por suerte, mi generación nunca ha vivido una Guerra en la que los aviones bombardean hospitales de Médicos Sin Fronteras.

Cuando era pequeña, en mi colegio recogían material escolar para los niños de un colegio de Mostar. Mi profesora traducía los sentimientos de los 25 alumnos de la clase y los plasmaba en una carta que enviábamos sepultada entre lápices y cuadernos. El objetivo era conocer cómo era la vida de esos niños de aquella lejana ciudad que había sido bombardeada sin piedad. Las respuestas, no las recuerdo. Lo único que tengo en la memoria es que cuando Paquita, nuestra profe, leyó, con un nudo en la garganta, el párrafo de una de las cartas en las que su homóloga hablaba del puente de Mostar, la clase se quedó en un silencio sepulcral. Y algunos alumnos empezaron a llorar.

Pocos días antes de que el sol de primavera asomara en aquel olvidado año de 2003, los presidentes Bush, Blair y Aznar se reunieron en la bautizada cumbre de las Azores, donde reafirmaron la existencia de que el régimen, como ellos lo llamaron, escondía armas de destrucción masiva por todo el país. Lo que callaron fue mucho. Nunca dijeron que los daños colaterales de esa Guerra serían miles. Niños, hombres y mujeres perdieron la vida por un miedo abstracto de Occidente. Por una pesadilla inventada por los conservadores, cuyo objetivo era catapultarse al podio y colgarse la medalla de garantes de la Libertad. Un premio que otorga muchos votos. Pero cuyo resultado fue, en realidad, la creación de organizaciones como Al Qaeda o Estado Islámico.


En plena era digital, en una entrevista a la cadena CNN, Blair pide perdón por la invasión a Irak y asume las consecuencias que colean en la actualidad, véase la situación Siria, derivadas de esa Guerra que el mundo intentó evitar. El británico también se disculpó hace unos años por aceptar pruebas erróneas de sus servicios de inteligencia. O por no escuchar ni valorar otros datos que desmentían la existencia de las armas fantasma.

A mí, unas horas después de esas declaraciones en la CNN, me viene a la memoria el señor Aznar convenciendo al electorado de la necesidad de bombardear Irak, justificando el horror, que mi clase de primaria comprendió cuando hablábamos de aquel puente, que es una Guerra.





Todavía no le he escuchado disculparse. Tampoco he escuchado ningún rumor de que se les vaya a juzgar y condenar por esos crímenes. Lo único que escucho son las consignas de No a la guerra, los gritos de paz de las manifestaciones que tuvieron lugar durante aquella sangrienta primavera.

domingo, 18 de octubre de 2015

sábado, 5 de septiembre de 2015

Bienvenidos a Europa

Welcome, refugees. Bienvenidos refugiados. Esto es Europa. Un continente que se escandaliza por una fotografía de un niño muerto que yace sobre la arena de una playa donde los turistas descansan sus problemas de primer mundo, pero que no se asusta al pensar en los miles de niños que mueren ahogados. Esta zona de la Tierra la gobiernan dirigentes que dicen a niñas en programas de televisión que, a veces, las decisiones en política son difíciles y que no se puede quedar en Alemania (lo que no dijo es que tendría que volver a zona de Guerra); pero que hoy, cinco años después del inicio de una de las Guerras más sangrientas, como si antes de esto no hubiera habido guerras ni personas escapando de los conflictos y del hambre, y cuando las elecciones asoman, deciden acoger a los refugiados y decir que "no nos podemos quedar con los brazos cruzados". Hasta hace varios días no tenían solo los brazos cruzados, sino también las piernas y el corazón.

Si ponéis la televisión o leéis un periódico aparecerán miles de fotos de vuestros niños. Incluso en algunas noticias, los periodistas instarán a los políticos a buscar soluciones. Los plumillas y directores de medios abusarán de imágenes de muertos. Se felicitarán unos a otros por dar voz a los sin voz. Pero nunca se atreverán a publicar el listado de los gobiernos, bancos y empresas que financian vuestras Guerras. Nunca publicarán ni un solo nombre de los que han matado a vuestros hijos, madres, amigos o vecinas. Y no lo harán por dinero porque sí que conocen sus datos personales.

Quiero avisaros de que las ciudades que os abren las puertas han sustituido hace mucho la justicia social por la solidaridad. Las instituciones ya no se preocupan por las personas. Las oportunidades vendrán de habitantes anónimos. Tened cuidado cuando andéis por las calles, entréis a los comercios o acompañéis a los niños al centro de Salud. Algunas personas os dirán cosas horribles. Alguna vez incluso os insultarán. Os pegarán o pintarán en la pared de vuestra vivienda "inmigrante vuelve a tu país".

Pero, también, encontraréis a mucha gente que os ayude a pasar la frontera, que os esté preparando una cama y un baño caliente. Que os espere con fruta fresca, tratando de imaginar vuestro dolor, que nosotros los europeos nunca podremos sentir porque las Guerras que conocemos las vemos solo a través de pantallas de plasma. Porque se sitúan fuera de las vallas que construyeron para que no entrarais, como si el hambre se contagiara. No lo sabéis pero también, aquí dentro, algunos tenemos un nudo en el estómago desde hace mucho; y nos gustaría pediros perdón. Por crear ese negocio tan horrible que es la Guerra. Y porque lo primero que debemos hacer es reconocer que en ninguno de los conflictos bélicos hemos sabido actuar. Que nunca hemos estado a la altura de las circunstancias.







P.D. Les animo a viajar un poquito más por Marte a través de este post que escribí hace mucho tiempo http://quemetrasladenamarte.blogspot.com.es/2012/11/tengo-necesidad-de-ti.html?m=1

lunes, 31 de agosto de 2015

¿Nosotros también llegamos así?

Martín: ¿De dónde viene la nieve? El pequeño sujeta con fuerza la mano de su padre, mientras busca las respuestas del mundo. No ha dormido desde que sus abuelos fueron a despedirles. Nunca había viajado en barco. Martín: ¿Dónde se guardan todas las palabras? La travesía, por fortuna, está siendo tranquila. Aunque larga, demasiado larga. El padre mira el mar. Observa las olas. Busca peces. O, quizás, la caja en la que se guardan las palabras. El viento revuelve su pelo. Martín: ¿Cuándo nacieron los sentimientos? Otto, el perro de peluche del niño, se queja de que tiene mucha, muchísima sed. En la cantimplora que le ha regalado su abuela paterna solo quedan unas gotas de agua. Martín: ¿Cuántas estrellas hay en el cielo? El padre se aferra a la fotografía arrugada en la que aparece una mujer. Él no sabe cuantificarlas, pero sabe que desde hace siete meses brilla una más. Martín: ¿Quién inventó las fronteras? Alguien lanza varios paquetes por la borda. El niño se pregunta si es un tesoro lleno de monedas de oro. Una luz le impide al padre abrir los ojos. Se adivina que la tierra está cerca. Martín: ¿Cuándo volveremos a casa?


Autores: João Pereira, Rodrigo Ribeiro


Ángela mira el telediario. Acaba de aparecer la imagen de un niño que tiembla de frío de la mano de su padre. El niño, piensa, debe de tener su misma edad. Tiene también un peluche de perro parecido al suyo. Ángela: Papá, ¿Nosotros también llegamos así?

P.D: Destacar la incapacidad de la Unión Europea y su falta de humanidad con los millones de refugiados que huyen de sus países, de la guerra, del hambre. De la muerte.

domingo, 12 de julio de 2015

Ahora que ya no somos desconocidos II

En este rincón de la Tierra no existe el tiempo. Los relojes se aferran de forma inhumana a las paredes a medio derruir. Las manecillas de los aparatos dejan de funcionar cada vez que cae una bomba en la ciudad fantasma. Marcan siempre las 11 de la mañana, de ningún día concreto, de un mes cualquiera del año de la Guerra.

Él seguía con ese gesto tan suyo de lloro mudo, y todavía utilizaba sus manitas sucias para tapar sus oídos. Al niño, se le había olvidado cómo llorar. Al igual que a su abuelo, quien permanecía sentado a escasos metros del niño tratando de invocar a Dios mediante las bolas amarillas de su tasbih. Quería pedirle protección. En el último año, la familia se había visto reducida a tres miembros: el niño, el padre y el abuelo. Las entrañas de la madre volaron por los aires cuando pisó una bomba. Al hermano mayor, los soldados le pegaron un tiro mientras simulaba disparar con un arma imaginaria a sus amigos. Tenía cinco años.

Abuelo y niño no son capaces de mirarse, no soportan ver reflejado en los ojos del otro su propio dolor, por eso observan las manecillas estropeadas del reloj. Ambos se parecen demasiado. Son igual de reservados. Son igual de parcos en palabras. El niño no ha abierto la boca desde que nació. Una vez estuvo a punto de hacerlo, pero el sonido de las sirenas que avisaban de nuevos ataques le paralizó. Se hizo pis. Y el abuelo solo habla en contadas ocasiones. Es la economía de la guerra.

Se ponen de pie. Fuera hace un día soleado. Si no fuera por la muerte que sobrevuela sus cabezas o por el paisaje inhóspito de la ciudad, podría decirse que hace un día bonito. Nieto y abuelo arrastran los pies en dirección al Norte de la ciudad en busca de nuevas provisiones. Uno al lado del otro. De repente, el niño empieza a correr hasta llegar al que fue el patio de una casa. Se queda mirándola. Allí está. La belleza de una flor sobresale entre la suciedad de la muerte. El niño tiene la tentación de arrancarla. Pero espera. Escucha la respiración irregular de su abuelo que acaba de alcanzarle y permanece a su lado de nuevo.  Entonces, ve a su abuelo llorar. No entiende bien el significado de su llanto, pero comprende que es importante dejar la flor en el mismo lugar donde nació.

P.D. Este post es la continuación de Ahora que ya no somos desconocidos. Seguimos siendo conocidos, a pesar de que la historia de este niño ya no salga en las noticias. Su situación es la misma y las instituciones siguen dejando morir a los civiles.
 

jueves, 9 de julio de 2015

Verano en la ciudad

Una vive esta época del año al amparo de la oscuridad, con las persianas bajadas por completo para evitar derretirse, con sesiones de ducha de agua fría varias veces al día, y esperando la ola de calor definitiva que me empuje hacia el centro comercial más cercano a comprar un ventilador. Llega el verano y con él las vacaciones, pero las mías, y por decisión propia, son como las del Guadiana. Lo que se traduce en que entre playa y montaña piso fuerte el asfalto de Madrid con el objetivo de poner al día asuntos pendientes, de los que aparco a un lado de mi vida cotidiana hasta que encuentro el tiempo necesario para resolverlos.

En realidad, no me pongo al día, los termómetros me lo impiden, así que me arrastro por las calles desiertas que separan mi casa de cualquier lugar con aire acondicionado sosteniendo entre los dedos la concha a la que trasladé de forma forzosa a la capital, para recordar el sabor de las vacaciones, a la vez que pienso en el extraño vínculo que he establecido con el juguete marino. Los expertos dicen que la felicidad consiste en las pequeñas cosas, a la par que recomiendan a la gente andar descalza y hablar con las plantas. O en frotarte la barbilla con un Diente de León para saber si estás enamorado. Claro que los especialistas no conocen mi particular síndrome de Diógenes. De ser así, nunca hubieran dado semejante consejo.

Hubo una época en la que siempre iba acompañada de un elefante, y en otra de una campana de la suerte. Por no hablar de mis manoplas islandesas (que salen en invierno). En mis bolsos nunca hay pañuelos (tan útiles en la mayoría de las ocasiones) sino objetos con historia y libretas a medias. Nada de esto baja la temperatura, pero por lo menos me hacen compañía  y me ayudan a superar mi verano en la ciudad.