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lunes, 13 de junio de 2011

Riñas de basura

Ayer, tras trabajar un poquito (sí, aunque sea domingo) aproveché el buen tiempo y las buenas temperaturas veraniegas para dar un paseo. Estos meses ofrecen momentos muy propicios para pasar el día en la calle, porque todavía el calor no es de esos asfixiantes. Sino que te deja la voluntad de decidir si ponerte o no un jersey.

A la vuelta a casa, pasé por un gran almacén, creo que no necesito poner ni el nombre del establecimiento. En las puertas del centro comercial había varios cubos de basura. Y en ellos, los residuos que los clientes de primera no quieren o que las empresas de segunda, en cuanto a responsabilidad social, deciden que no es necesario vender y que es mejor tirar antes de donar a alguna organización que trabaja contra la exclusión social. Sin embargo, no sabría describir el valor de estos productos imperfectos, en cuanto a forma o acabado. Por una parte, son el fiel reflejo del consumo excesivo de nuestra sociedad. Y, por otro lado, se traduce como la única vía que disponen algunos grupos sociales para comer y vestirse. Siempre todo tiene un doble concepto

Este fenómeno de compra entre vertederos lo había visto, pero tan sólo con dos o tres clientes. Ahora la cifra se multiplica por diez en algunas noches. No siempre.

Ayer dos hombres de estos que buscan su dieta en grandes contenedores discutían sobre quién había encontrado primero algún alimento indescriptible. El desacuerdo no se prolongó mucho tiempo y terminó con la frase de uno de ellos, tras levantar un poco la voz: "No van a discutir dos hombres por un poco de basura".


jueves, 9 de junio de 2011

Utopías

La primera vez que abrió los ojos, el mundo era joven todavía. Y algo ingenuo o demasiado crédulo. En su infancia recorría las calles de Madrid con aviones de papel, pompas de jabón o pelotas desgastadas. Pasó el tiempo y seguía volando comentas de colores y miraba al cielo con la esperanza de un mundo alternativo. Pero, a la vez, vislumbraba el gris de las almas. Sus ojos comenzaban a cerrarse.

Los días comenzaron a pasar más rápidos. "Cosas de la edad", suspiraban algunos rememorando su juventud. Y las flores comenzaron a crecer en sitios insospechados: en los fusiles de algunos que defendían con las balas conceptos nebulosos. Ésa fue la segunda primavera. La primera fue en mayo del 68 en la que germinó la palabra utopía. "Está claro que el mundo tiene que cambiar", aseguraban.

Sus ojos se cerraban un poco más, comenzaban a estar cansados de ser testigos directos de todas las barbaries del siglo XX. Sin olvidar ninguna y sin ningún rencor. Su memoria pudo aguantar, pero sus párpados decidieron descansar con la esperanza de un mundo "alternativo". Y, sobre todo, más justo.

P.D. El cambio y la transformación del mundo es posible, aunque sólo sea mínimamente. No lo digo yo, sino un pensador que, agotado, ha cerrado los ojos.

miércoles, 8 de junio de 2011

Lo positivo de lo negativo

Me comentaba un buen amigo que estaba algo decepcionado con el mundo, no con estas mismas palabras, pero sí con el mismo mensaje. A todos nos han puesto alguna vez esas gafas con las que ves todo un poco más borroso, más oscuro. Lo decía en referencia a sus amigos, un buen síntoma que una persona se preocupe de sus amistades. "No conozco a ningún amigo que esté contento en el trabajo", eso suponiendo que tenga la suerte de tenerlo. Normal que la gente no esté contenta cuando cobrar 1.000 euros o sobrepasarlos mínimamente es un sueldo de lujo. Cuando, quizás, no estén trabajando para lo que habían estudiado con tanto entusiasmo, dependiendo de la asignatura. Cuando trabajan más horas de las que deberían y nadie se preocupa por las horas extras. O cuando se enfrentan a la vida de forma "ilegal", sin que la empresa les pague la seguridad social.


Yo hay veces que no sé qué decir, esto no sucede con mucha frecuencia. Siempre suelo buscar alguna palabra, un poco de luz. Pero es difícil buscar lo positivo de lo negativo. Y más cuando él tiene toda la razón y todo el derecho a sentir esa decepción.
Sin embargo, aunque resulte un ejercicio costoso siempre debemos hacerlo. Así que propongo que trate de encontrar las pocas virtudes de una situación que no es demasiado alentadora.

No se puede negar que los principios siempre son duros, especialmente los comienzos de la generación de los "indignados". Pero estoy segura de que es una situación que no es para siempre. En un minuto todo puede cambiar. Hasta entonces: Somos jóvenes, así que debemos ser optimistas.

lunes, 6 de junio de 2011

Personas corrientes

Lo escuchaba hace mucho tiempo en algún sitio, pero mi maravillosa memoria me impide recordar el lugar y el momento. De hecho, mi pérdida eventual de datos, advierto, se ha saldado con una nueva víctima, ya que este fin de semana no logré recordar mi número PIN del móvil; con las consecuencias que ello conlleva. Esa tragedia de estar incomunicada con el resto del mundo. O ese respiro inesperado de aparcar lo urgente.

Lo que escuchaba es la frase de "tú eres de todo, menos corriente". Allá cada uno cómo quiera definirse, si es que a las personas se les puede describir. Manías de los humanos de clasificarlo todo en grupos y subgrupos. Para mí, ese adjetivo evoca algo positivo, porque lo que menos soporto es ser una persona corriente. Me gusta ser diferente. Y eso que he conocido muchas personas en la vida que cuando te preguntan: ¿cómo es fulanito o menganita?, la única respuesta válida es: "muy normal". (Por lo menos de primeras, está sobradamente demostrado que normal, lo que se dice normal, no hay nadie, puntualizo).

El otro día me decía un compañero que mi blog era algo extraño. No lo niego porque es lo que pretendo. Sin quererlo, él me dijo uno de los mejores piropos sobre mis textos.

Si todo fuera corriente, el planeta tierra sería un lugar muy aburrido. De hecho, cuando veo que mi vida sigue un camino demasiado recto, procuro darle un pequeño giro, formar parte de un nuevo lío para que todo este mundo efímero se convierta en algo que merezca la pena. Para poder ser de todo, menos corriente.

jueves, 2 de junio de 2011

Nieve

Caminaba descalza, mientras el viento despeinaba su melena morena. Buscaba, sin querer, algo que no encontraba. Escuchaba el sonido del mar. Dejaba que el sol fuera su abrigo. A pesar de que era pleno mes de agosto, sentía frío. Y recordaba, a la vez que avanzaba despacio sin que el viento le diera ninguna tregua para peinarse. Tenía la imagen que quería en su mirada. A su mente también le llegaba su olor y el suave tacto de su pelo. El sol desaparecía como cada tarde, justo a la misma hora que el día anterior.
Los pies de la muchacha avanzaban sin recibir ninguna orden concreta, como si no fueran parte del cuerpo. Sin embargo, le arrastraban a seguir andando, a seguir avanzando. No ponía resistencia a ese impulso natural.

A su otro yo le gustaba la arena y el agua, pero sentía un pánico incompresible a las olas. No le gustaba bañarse sola, pero tampoco tenía paciencia si esperaba en la orilla del mar a que la melena morena de la joven se diera un baño. Prefería los simples paseos con el sol de fondo. Y las piedras. Grandes. Pesadas. Frías.

La joven sostenía con paciencia las zapatillas en su mano derecha. Comenzaba a tener frío. Sentía como si la arena se hubiera transformado en nieve. Porque ella prefería la nieve. 





P.D. Post personal. También prefiero la nieve.



miércoles, 1 de junio de 2011

Madrugar

Siempre he sentido devoción por aquellas personas que se levantan temprano. Digo devoción porque si fuera por mí no me levantaría nunca antes de las nueve y media de la mañana. Me gustaría confesar que preferiría despertarme, incluso, una hora más tarde, pero no quiero dar una imagen más perezosa de lo que soy. Aunque, antes de que algunos preciséis todo esto: sí, es cierto que algún día me he despertado a las doce de la mañana sin salir el día anterior y acostándome a una hora prudencial. Me gusta dormir ¿qué pasa?

Mi envidia por la gente que madruga es doble puesto que yo para ser persona, lo que puedo y me dejan, tengo que dormir un mínimo de ocho horas. De lo contrario paso la jornada sin pena ni gloria en un estado similar al de los sonámbulos.

El caso es que esta semana he madrugado. Inicialmente quería despertarme a las ocho y, para variar, he amanecido alrededor de las nueve. O algo más tarde. Con la idea de aprovechar el día al máximo, se me ha metido en la cabeza, lucho cada mañana con la alarma de mi despertador retrasándola cinco minutos más, que pueden llegar a convertirse en horas. Y es que a pesar de mi motivación no consigo salir de la cama, ya que en esos momentos no hay argumento suficiente que consiga separarme de mis sábanas. A este paso tendré que tirarme jarras de agua fría a la cara.

Además, no sé si os habéis percatado de que el despertador suena en el mejor momento del sueño. En el minuto justo en que ibas a descifrar una clave importantísima, trasladarte a una isla o reconocer a alguien.

Tras esta parrafada me voy a dormir para mañana procurar levantarme a las ocho y media para empezar a trabajar y ponerme en marcha.

P.D. Si alguien tiene la solución para no quedarme dormida por las mañanas, que ya soy una experta en la materia, que me informe. No quiero perder más horas de mi vida, aunque reconozco que dormir es un placer.

martes, 31 de mayo de 2011

Bienvenidos al planeta tierra


Hace algún tiempo me enseñaron este vídeo de animación que hace reflexionar sobre el comportamiento de las personas. Espero que os guste!