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domingo, 16 de junio de 2019

Una llamada tuya


En un pequeño pueblo al norte de Japón, un joven instaló una cabina telefónica en lo alto de una colina. Dentro colocó un viejo teléfono negro desconectado que utilizaba para llamar a un familiar que había fallecido. Creía que él respondía desde el otro lado de la línea, pensaba que todavía podía confesar todo lo que no había sido capaz de decir en vida. Vuelve, por favor. 

Después del tsunami que arrasó el país en el año 2011, las peregrinaciones a esa cabina, que se encuentra en un lugar desde donde se contempla la inmensidad del océano Pacífico, se intensificaron. Las personas pensaban que las palabras de esas conversaciones fantasma ayudaban a recordar las vidas que comenzaban a ser olvidadas. 

Cuando falleció mi padre no me pude resistir y, en un par de ocasiones, marqué su número de teléfono, a pesar de ser consciente de lo absurdo de la situación. Solo quería saber qué estaba haciendo. Decirle que le echaba de menos, que me daba miedo olvidar su voz. 

En 1837, Morse inventó el telégrafo, un aparato que supuso toda una revolución en el campo de la comunicación. La idea surgió cuando perdió a su esposa. El inventor se enteró de la triste noticia una semana después. Fue ese retraso el que le impulsó a crear un sistema de comunicación inmediato. Tiempo después, el telégrafo dio paso al teléfono; y este cedió el testigo a los móviles, unos aparatos que permitían hablar desde cualquier lugar del mundo. Eso sí, al principio casi a un euro por palabra.

Este año la plataforma de mensajería instantánea WhatsApp ha vuelto a ser la más utilizada. Una realidad que se evidencia en los miles de individuos obsesionados con las pantallas. Interactúan con los amigos de las redes sociales, pero son incapaces de mantener una conversación profunda en una cafetería o de hablar con un desconocido en el autobús, pese a que la ciencia dice que interactuar con extraños nos hace más felices.



El mejor ejemplo de esta nueva era lo resumía ayer una amiga: "Creo que si te acuestas con alguien, le puedes llamar por teléfono". Pues sí, sería lo normal. Pero, por desgracia, en este mundo digital es mejor enviar un emoticono. De hecho, algunas personas han llegado a confesar que las llamadas invaden su espacio personal. La solución a este paso va a ser no hablar. No vaya a ser que al final lleguemos a conocernos, aunque solo sea un poco. 


lunes, 18 de marzo de 2019

Papá II (Ahora que ya eres nieve)

Te lo pregunté porque necesitaba saberlo, tenía que visualizarlo: ¿Cuál es tu mejor recuerdo? Uno de mis favoritos es recorrer contigo con el coche el pantano de la Sotonera. Esa tarde circulábamos sin más responsabilidades que contemplar los colores del atardecer. Íbamos despacito. La belleza del paisaje impedía ir más rápido. Me hubiera gustado saber lo que pensaste entonces, pero tenía miedo de la respuesta. Yo solo quería retener ese momento en mi cabeza. Guardarlo para siempre. Por suerte, lo he conseguido. Ojalá pueda ver muchas más puestas de sol como aquella. Ya sabes que al amanecer siempre llego tarde. Me pilla a deshora.

Hoy me gustaría compartir el texto que escribí para tu último homenaje.



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Cada vez que observamos el vuelo de las grullas, terminamos un libro, escuchamos el ruido de los truenos de una tormenta de verano, alargamos una sobremesa con amigos, contemplamos una lluvia de estrellas o un atardecer aceptamos, sin querer, que nos queda menos tiempo de vida. A las grullas, a las estrellas y, también, a nosotros. 
En el prólogo de Escenas de cine mudo, un libro autobiográfico donde el escritor Julio Llamazares rememora su infancia a partir de 28 imágenes, aparece la siguiente reflexión: La pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte. Esta frase me recordó mucho a mi padre porque me la repetía con frecuencia desde que siendo solo una niña comencé a tener miedo de cargar con el dolor de la ausencia. 



Las personas utilizamos el sonido de un programa de la radio, evocamos una conversación sincera o un abrazo o nos recreamos en un paisaje de otoño del Pirineo para mitigar la tristeza que supone perder a un ser querido. Entonces, solo quedan los recuerdos, que nunca son suficientes.
A Carlos tenemos la suerte de poder recordarlo a través de su legado fotográfico, que se ha convertido en un refugio al que volver. Fue, quizás, ese precioso principio, el de buscar abrigo frente al dolor de la pérdida, el que impulsó a sus amigos a organizar La Mirada Calculada, una muestra compuesta por algunas de sus imágenes favoritas que se inauguró en mayo en Zaragoza y que ha recorrido los pueblos de Aragón que Carlos tanto quiso.

Ahora esas mismas imágenes se exponen en esta facultad en el marco de las III Jornadas de Educación Matemática de Aragón, un lugar que no podría ser mejor porque Carlos desde que se licenció sentía pasión por la Educación. Siempre pública.



Podría decirse que a Carlos le encantaba enseñar -¿sabes cómo se calcula lo lejos que está una tormenta? ¿en qué recipiente cabe más bebida: en una taza o en un vaso de tubo? Vamos a hacer la prueba- pero también tenía un interés feroz por aprender. Así fue como profundizó en la fotografía, una afición que relacionó desde el principio con las matemáticas. 

Eso sí, él aprendía a su manera. Era un gran autodidacta: estudiaba libros especializados, veía tutoriales, seguía los consejos de algunos profesionales y realizó múltiples viajes en los que retrató el mundo para entenderlo mejor. Carlos exploraba los rincones con su ojo digital no solo para conocer sino también para visibilizar a las minorías y para cuidar la naturaleza.


Dentro de poco, esta gran aventura llegará a su fin. La última parada de esta exposición nómada será Fuentes de Ebro, la localidad a la que estuvo ligado profesionalmente tantos años y en la que impulsó la creación del concurso matemático, un certamen que gracias al cariño de todos vosotros ahora lleva su nombre.

Fue en una de las últimas sesiones de quimioterapia cuando mi padre intentó enseñarme que la alegría y la tristeza; la rabia y el dolor; el miedo, la soledad y el amor no son como el agua y el aceite porque todos estos sentimientos se mezclan y coexisten de manera natural en el tiempo y en el espacio. Ahora por fin entiendo que lo que quería decirme era que esa combinación tan fugaz y aleatoria de sentimientos es la vida; y que a una no le queda otro remedio que aceptarla tal y como viene porque, como él siempre decía, no hay otra.



Sin ninguna duda, esta muestra ha sido el mejor homenaje a su figura; pero también la mejor manera de comprender su vida. Gracias a todos los que habéis hecho posible La mirada calculada.


P.D. Te echo de menos

viernes, 15 de febrero de 2019

Brócoli, alcachofa, aguacate y zanahoria

San Valentín. Un año más no tenía ningún plan especial. Así que se me ocurrió poner en práctica una receta bastante sencilla de lentejas. Desde hace algún tiempo ya no recorro con un carrito las grandes superficies comerciales. Ahora intento comprar en las tiendas de barrio. Así es como descubrí mi nueva frutería, un establecimiento en el que la dueña selecciona cada pieza que te vende.

Con el propósito de cocinar las mejores legumbres de mi vida, me aventuré con una lista de ingredientes en la mano hacia la tienda. Tras una larga encuesta con la clientela sobre si es mejor echar calabacín o puerro, me decanté por este último alimento para añadir a mis legumbres, convencida de que daría un buen sabor a mi plato de cuchara. En el camino de regreso encontré una pescadería con muy buena pinta en la que adquirí un gallo completo de 800 gramos y un lenguado para la cena.


Al llegar a casa, me puse manos a la obra con las lentejas. Ya anuncié hace unos días que uno de mis propósitos para este año es mejorar mis hábitos y mi dieta. Ya no como por comer, ahora me nutro. Por eso con frecuencia estudio las propiedades de cada alimento. ¿Las fresas? Antioxidantes. Si necesitas limpiar el hígado lo mejor es comer alcachofas. El brócoli va bien para todo, la verdad. Para el corazón, toma una onza de chocolate cada día. Y beber mucha agua, fundamental. Por mucha risa que cause lo admito: me gusta conocer el beneficio de picotear a media mañana un puñado de pistachos.

Yo pensaba que llevaba una dieta sana y equilibrada; y, en realidad, así era. Pero también tenía margen de mejora. Desde que pongo más atención en los menús tengo mejor la piel y el pelo y estoy menos cansada. Eso sí, las lentejas me siguen saliendo un poco sosas...

P.D. Os animo a revisar vuestros hábitos. Seguro que no son tan saludables como pensáis.

domingo, 13 de enero de 2019

El infierno de los propósitos del nuevo año

Este año he hecho mi propia lista de propósitos. Los he dividido por áreas temáticas: salud, trabajo, dinero... Tengo un extraño apartado que he titulado Nuevos Retos. ¿El amor? Ni siquiera lo he incluido, quiero ser realista. En cada división he escrito a mano los objetivos que tengo y junto a cada uno de ellos he añadido un par de líneas describiendo cómo puedo alcanzarlos. Estoy segura de que este va a ser mi año.


La idea de hacer un listado comenzó una mañana en la que fui al médico como consecuencia de mis eternos dolores de barriga. La doctora me hizo una ficha muy completa en función de las respuestas que yo contestaba a las preguntas que me hacía.

- ¿Cuánto bebes?
- Dos copas, cuando salgo de cena.
- ¿Con qué frecuencia?
- (……) Aproximadamente dos veces a la semana.

Trola enorme. Voy de cena o tengo planes mínimo cuatro días por semana. Y, no, no me tomo dos copas de vino. Suelen ser cuatro o cinco, más un chupito (que son muy digestivos) y alguna copilla. Soy fácil de convencer, no puedo decir lo contrario. Siempre estoy con la penúltima en la mano.

Decir esa mentirijilla en voz alta me ayudó a darme cuenta de que no quería beber tanto. Y mi maravillosa solución para acabar con el problema fue realizar mis propósitos de 2019 donde he plasamado todo aquello que no me convence y que me gustaría cambiar.

Desde entonces vivo agobiada y, lo que es peor, apenas he avanzado un 1%. De hecho, hay gente que dice que me está cambiando el carácter... Eso sí, llevo ya más de una semana sin beber...

Estoy por quemar el listado. Se me ha ocurrido que quizás sucede como con el inventario de Nochevieja, ese en el que escribimos todo lo malo y que a continuación arrojamos a las llamas con cierto cuidado para que no arda la casa. Quizás así se cumplan de un plumazo.

lunes, 7 de enero de 2019

Papá

Me lo dijiste muchas veces: ¿Por qué no inventas una historia a partir de alguna de mis fotografías? Este año, tus imágenes han inspirado muchos de mis textos. Las he visto en bucle, bajo la luz de la luna, los días de tormenta, en otoño y en invierno. Me consuelan porque ahora son un refugio. Cada una a su manera se ha convertido en el mejor legado. Siempre están, nunca se acaban.

Me gustaría compartir el texto que leí en el homenaje que te hicimos en Asafona. Inspirado en tus grullas, en tus puentes, en la nieve, en los países que visitamos juntos... En definitiva, en todo lo que quisiste y que solo porque tú lo quisiste entonces, me gusta a mi también.

A veces me pregunto: ¿de cuántas fotografías se compone una vida? Las personas retratamos continuamente el presente para que el pasado permanezca intacto. Cada diapositiva representa un fragmento crucial en la trayectoria de cada uno de nosotros. Actúa como hilo conductor y la narración varía según el espectador. En la mía: veo un niño con traje de marinero de la mano de su padre durante su primera Comunión. En otra contemplo una pareja el día de su boda. Ella luce el pelo ondulado y traje de chaqueta, un atuendo poco corriente paras las celebraciones de aquella época. Él lleva pajarita, la única que se pondría en toda su vida.

La tercera está protagonizada por tres hermanos en edad adulta que hacen burla a la cámara ante la desesperada mirada de su madre. Clic: un profesor explicando a un grupo de alumnos adolescentes que la clave de una buena imagen siempre siempre está en la luz o en la ausencia de ésta. Un grupo de amigos en plena excursión en cualquier montaña del Pirineo, el lanzamiento de fuegos artificiales la Nochevieja de un año indefinido, un padre que sostiene por primera vez a un bebé en la palma de su mano...



De la unión de esas y otras muchas imágenes, junto a las anécdotas que compartís con frecuencia muchos de los que estáis hoy aquí, surge una historia única: la vida de Carlos Pina.
La última escena que he relatado es para mí un recuerdo escuchado, pero es la imagen que yo he elegido para encapsular la felicidad, suponiendo que fuera posible preservarla y guardarla en una caja. Ahora ya sé que los recuerdos, al igual que el dolor, son intransferibles.
Nunca hubiera imaginado que solo 32 años después de ese primer encuentro estaría en la sede de Asafona, un espacio al que vine con él y con mi madre en varias ocasiones a ver exposiciones, buscando las palabras adecuadas, si es que existen, para decirle adiós. Fue en este lugar en el que exhibió por primera vez algunas de sus imágenes favoritas: la de una mariposa retratada con un objetivo macro o la de un inhóspito paisaje helado islandés.



La realidad es que no recuerdo el motivo ni el momento exacto en el que comenzó a captarlo todo a través de un objetivo. Puede que descubriera que la memoria es demasiado frágil, que las personas modificamos sin querer los recuerdos y los adaptamos a nuestro antojo. Contra ese olvido no hay nada mejor que la fotografía y su legado digital se erige como un material extraordinario. Muestra de ello fue la exposición La mirada calculada del pasado mes de mayo o estas jornadas dedicadas a la naturaleza en las que participa a título póstumo gracias a todos vosotros.

Dudo que imaginara que su afición por la fotografía tendría un progreso tan rápido. Allí reside la gracia de la vida, hubiera dicho, no saber qué es lo que sucederá mañana. A lo que hubiera añadido: así que siempre vive, corazón, y haz lo que te dé la gana. Quizás por eso tuvo la osadía de empezar. Se volvió autodidacta. Ojeo libros, se suscribió a blogs y plataformas especializadas y practicó durante horas. Con su cámara colgada al hombro, recorrió montañas, ciudades y pueblos; y tuvo la paciencia de esperar el segundo adecuado para plasmar en cada instantánea su visión del mundo. 



Creo que sería justo decir que si no fuera por sus fotografías conoceríamos mucho menos a Carlos. Con cada una de ellas nos ayudó a redescubrir lo cotidiano, a convertir lo sencillo en extraordinario, a transformar la monotonía en una aventura trepidante. Nos enseñó que, a veces, para transmitir la belleza de una flor es necesario sacrificar el resto del paisaje. Pero sobre todo nos permitió ver el mundo a través de sus ojos y explorar nuevos horizontes desde el corazón de nuestra casa.

Ser la primogénita me otorga el privilegio de cerrar este bonito acto. Al igual que me permitió ayudarle a seleccionar las fotografías adecuadas para cada muestra, realizar con él un ranking de favoritas para presentar a los concursos o encontrar la fotografía adecuada para regalar a cada uno de vosotros. Y como él no está, me gustaría haceros un regalo en su nombre. Vamos a hacer un pequeño ejercicio: cerremos todos un instante los ojos. Propongo que cada uno tome su propia imagen de este evento y que después la guardéis en vuestra memoria para que su recuerdo siempre esté presente.



¡GRACIAS A TODOS LOS QUE HABÉIS HECHO POSIBLE 
ESTOS HOMENAJES TAN BONITOS!

sábado, 3 de noviembre de 2018

La luz de los días de lluvia

Hace unas semanas contemplé, por primera vez, uno de mis cuadros favoritos: El beso, de Gustav Klimt. A lo largo de la historia, muchos pintores también han plasmado esta escena en sus creaciones. Sin embargo, esta obra maestra del arte contemporáneo logró conmoverme. La pintura me convenció, por unos segundos, de que el mundo tenía sentido. Entendí que la vida al final es la suma de momentos como aquel.


El beso, de Gustav Klimt.

Esta misma sensación la tuve hace un año en una estación de metro de Nueva York. Mientras cientos de personas respirábamos el aire del mundo suburbano aguardando nuestro tren, una pareja muy joven interpretaba All of me, de John Legend. El sonido del violín y la voz del chico consiguieron lo imposible: que todos los pasajeros les mirásemos embobados en silencio. Tan solo se escuchaba el ruido de los metros que pasaban de largo por la estación. Nadie se atrevió a tomar su camino a casa; y eso son palabras mayores cuando se habla de una ciudad tan dura y en la que por desgracia las distancias son muy largas.


En realidad, cada persona comprende que la vida es finita en un instante diferente. Yo suelo ser consciente cuando leo un libro, observo una pintura o escucho una canción. De hecho, muchas veces fantaseo con la idea de dedicarme única y exclusivamente al mundo contemplativo, al intento constante de alcanzar la belleza, a abrazar una especie de eternidad. Sin embargo, esta no es fácil de atrapar. Aparece cuando menos te lo esperas. A veces simplemente es la luz de un día de lluvia.







miércoles, 20 de junio de 2018

Me han recomendado escribir

Como a veces no puedo hablar, me han recomendado escribir. Me lo recetó ella: si no puedes decirlo con sonidos, inténtalo de otra manera, trata de juntar las letras. No se me había ocurrido. Nunca. En mi cabeza tenía un pensamiento único: que pasara un año. Como si el dolor o la rabia fueran un asunto temporal. Todo lo demás me era indiferente. Todo.


Tengo intención de compartir muy pronto párrafos divertidos sobre mi experiencia en este mundo que siempre me he tomado con humor (incluso cuando la situación requería derramar océanos). Ojalá lo consiga.




martes, 30 de agosto de 2016

El amor en días de nieve

El DJ ha elegido una de nuestras canciones favoritas para cerrar el bar. Sin documentos, de Los Rodríguez. La canto mentalmente mientras me percato de cómo te ha crecido la barriga. Mientras compruebo que solamente tres pelos ondean en tu cabeza. Esta noche apenas hemos hablado, a pesar de que los niños se han quedado en casa con tu madre. Ni siquiera te he podido mirar durante la cena. Tenía miedo de que supieras lo que estaba pensando. ¿De verdad crees que las personas que se enamoran cuando nieva están destinadas a estar juntas el resto de sus vidas?  Lo dijiste la tarde que nuestra hija mayor vio por primera vez el mar. Quizás sea ese el motivo de nuestro distanciamiento, que nos conocimos durante el estúpido verano de 1982.

jueves, 21 de abril de 2016

El periodismo ha muerto (otra vez)

-Tenemos que despedir a siete por cabecera
- ¿Ha dicho usted que ocho?
- Usted es de los nuestros. Ya sabe, tenemos que aumentar los beneficios...
- Entonces, en total ¿224? No es una cifra muy elevada... ¿quién va a escribir ahora?
- Contrataremos programadores que posicionen las noticias en las redes sociales. La gente ya no está interesada en los casos de corrupción. Lo que gusta son los vídeos de gatos. Además nuestro producto es demasiado bueno. Señorita, por favor, ¿me pondrá usted un café?
- Sí, solo son plumillas... En el fondo, no salvan vidas.


P.D. Pero sí son garantes del Estado de Derecho. Me gustaría explicar en dos pequeñas líneas lo complicado que es trabajar cuando todos los lunes te mandan un email amenazándote con despedirte. Hoy la empresa ha concretado el número de personas que se irán a la calle: 224. Seguramente, si mañana compran cualquier ejemplar del grupo editorial del que se habla en el post, encontrarán las letras algo borrosas. La mezcla de tinta con lágrimas nunca imprimirá bien.


 

lunes, 28 de marzo de 2016

El sentido de los 30

A uno de mis primos, en una de sus prácticas del máster que está realizando, le dieron un ovillo de lana. Mientras lo sostenía, el tutor le preguntó qué había aprendido a lo largo de las charlas, las lecturas, las experiencias y las clases magistrales del año. Él respondió, hilo en mano, que acababa el curso con bastantes más dudas que cuando lo empezó. A mí, que en la siguiente esquina me esperan los 30, me sucede lo mismo. Me enfrento a la nueva década con muchas preguntas con respuestas a medias.

Resulta que mi familiar, el que hablaba jugueteando con un trozo de lana, asistía a un curso sobre El sentido de la vida, cuyo temario gira en torno al libro titulado El hombre en busca de sentido de Víktor Frankl. En sus páginas, el psiquiatra narra su propia vivencia en un campo de concentración. Recuerdo levemente que yo también leí ese libro durante el máster que estudié. Y me pareció muy duro. Especialmente por la historia, pero también porque fue mi primer intento de responder a la difícil cuestión que se plantea.

Lo que no sé, y tampoco sabía entonces, es que existe una gran diferencia entre el significado y el sentido de la vida. Creo que llegados a esta edad a una le deberían de ofrecer el comodín del público para conseguir una pista, porque todavía no he encontrado el abismo que separa ambas palabras. Ni la distancia entre lo que es y lo que querría haber sido. Aun estoy pensando en las 43 veces que tendré que mudarme de casa hasta dar con la perfecta. En las mentiras que escucharé antes de que fluyan de su boca las palabras adecuadas o en los kilómetros que me quedan por volar para conocer una nueva cafetería con vistas al mar.

Lo intenté: "¿Puede ser el sentido de la vida convertirte en el jefe de tu departamento, tener siete hijos o dar la vuelta al mundo?". Pues no, me respondió.

Creo que a partir de ahora lo buscaré con la película de los Monty Python. Ojalá me aclare algo, y sino me echaré unas risas. Que reírse de la vida sí que tiene sentido.


Esta foto la encontré por la red.


martes, 15 de marzo de 2016

Los límites del bien

Las personas hacen lo que pueden. A veces, es poquito. Cada habitante de la Tierra equivale a un grano de arena del desierto del Gobi o a una gota de agua del Mar del Norte. Así que su margen de maniobra para cambiar los asuntos que conciernen al mundo es bastante escaso. A pesar de esa dificultad inicial, que invita con fuerza a dejarlo todo al azar de las grandes corporaciones, de las facturas y de la telebasura, existen personas que se comportan con decencia, como es el caso de una ciudadana danesa y su marido, quienes ayudaron a una familia de refugiados sirios a cruzar la frontera. Les invitaron a sentarse en su misma mesa, les sirvieron leche templada y les ofrecieron galletas. Una propuesta bastante aceptable si tenemos en cuenta que toda la familia llevaba días caminando bajo la lluvia y que previamente se habían quemado con el sol. Sin embargo, esta pareja cruzó la raya del bien, que no la del mal. Uno puede dar una limosna a un mendigo que se encuentra en una Iglesia, pero jamás debe invitarlo a su casa. Los telespectadores se alarmaron cuando el pequeño Aylan pereció ahogado en una playa, pero no se inmutan cuando los niños pasan las noches en tiendas de campaña que flotan en el agua como consecuencia de las lluvias torrenciales. Se recomienda reciclar, al final es un gran negocio para ciertas empresas, pero no es aceptable utilizar placas fotovoltaicas para mantener una casa caliente. Simulan una libertad que no puedes expresar con palabras desde que se aprobó la Ley Mordaza. Las personas deben comportarse con decencia, pero no con demasiada. De lo contrario, la pirámide no aguanta.

La luna con el arcoíris. Esta imagen representa la frase de los niños: "Te quiero hasta la luna"

Escuché una vez que todas las buenas personas acaban en la cárcel (o en su defecto pagando multas elevadas) porque la legalidad y la moralidad coinciden en contadas circunstancias. El concepto del bien, que aprendimos en el colegio que pertenecía al grupo de los incontables, tiene que respetar el status quo. Al igual que el bien, el miedo a la muerte se mide en una escala de cero a diez. Ni siquiera las madres pueden tener un amor infinito por sus hijos. Ni los niños pueden querer a sus abuelos "de aquí hasta la luna". Porque si todo se puede medir, significa que tiene un límite. Y allí nos encontramos de forma egoísta, en la frontera del bien en la que pocos dramas se divisan. La suela de los zapatos está rozando la línea, pero no nos atrevemos a alcanzar la decencia.

domingo, 10 de enero de 2016

Existen diferentes tipos de frío

El otro día encontré en uno de mis múltiples cuadernos la frase que da título a este post. Existen diferentes tipos de frío. No supe de dónde procedió la inspiración cuando la plasmé en una hoja al azar. Hace tantos días que ni me acordaba de ella, pero anoche, cuando pasaba de puntillas al lado de la persona que duerme en mi portal para no despertarle, me percaté de que la escribí pensando en él.

Lo conocí hace unos días cuando yo volvía de una cena en una pizzería con las sobras en la mano. Él llevaba gafas y hacía un crucigrama a la luz de la farola. Le pregunté si había comido y si le apetecía comida italiana. Me miró, mientras se colocaba las gafas, y me dio las gracias: "Me la guardaré para mañana".

Desde entonces, si está despierto cuando regreso a casa, me da las buenas noches y me pregunta cómo me lo he pasado. Por el día no me dice nada. A pesar de que siempre deambula por el barrio en compañía de vino barato. A veces, habla con los cartones. Otras, pasea por la puerta de la marisquería del portal contiguo fumando un puro que los camareros le ofrecen con desgana para que no moleste a la clientela adinerada.



Anoche se tapaba con su manta de rayas de colores en la misma esquina de siempre con la compañía de sus escasas pertenencias que acumula sin orden en un carro de supermercado y en una maleta de color gris medio vacía para viajar a cualquier lugar. Deseosa de llegar a casa porque tenía algo de frío, pisaba fuerte el suelo; hasta que lo vi y pensé en el aire que se clava en los huesos. Hace unos días debatía con mis amigas sobre la pobreza en África. Llegamos a la conclusión de que es muy diferente a la de los países europeos. Allí no implica la marginación social, pero aquí, en las grandes capitales del viejo continente, la mendicidad es soledad. Es ausencia de calor humano. Puede helar el corazón de un hombre. Y eso sí que da frío. Da muchísimo frío.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Algunos lugares a los que queremos volver

Una no acostumbra a pensar en la cantidad de ex(s), en singular o en plural, según los parámetros sociales usados, que cargamos a nuestras espaldas. El prefijo ex (que fue y ya no es) no solo se puede aplicar a novios, parejas de hecho o cónyuges. También se puede utilizar cuando hablamos de un trabajo, de una casa, de una ciudad o de una tarde. A veces, el prefijo ex nos inspira y recordamos aquellos lugares a los que queremos volver. Menos a los ex(s) sentimentales que se olvidan en 19 días y 500 noches, como dice la canción.


Me encantan los mensajes de @SresLoboWTF.




Añoramos algunas ciudades o momentos de la vida. Hace poco una amiga mía miraba a sus hijas, que aún son bebés; y trataba de explicar la nostalgia que sentía al pensar en el día en que nacieron. Tenía miedo porque ya no iba a volver a disfrutar de ese maravilloso primer año de vida ni de todos los aprendizajes de las niñas. Incluso, confesó que echaba de menos el momento del parto y la sensación de sostenerlas por primera vez.

Dándole una vuelta a la reflexión solo deseo que la vida de cada uno de los que leen el blog esté llena de ex (s) porque significa que hemos ido más allá, que hemos vivido. Así que he decido que voy a seguir ampliando mi lista, que últimamente he actualizado poco.

domingo, 25 de octubre de 2015

No a la guerra

Los ciudadanos perdieron la voz el año 2003. La consigna era la misma en todas las ciudades de España: No a la guerra. El sentimiento antibélico estaba presente en todos los rincones, actuó como nexo común. Entonces, todavía estudiaba Filosofía en el instituto. Pero recuerdo que ese año, un día a la semana, alumnos y profesores íbamos juntos a las manifestaciones con la esperanza de evitar una nueva Guerra. Supongo que unos eran más conscientes que otros de lo que significaban las balas. En España, por suerte, mi generación nunca ha vivido una Guerra en la que los aviones bombardean hospitales de Médicos Sin Fronteras.

Cuando era pequeña, en mi colegio recogían material escolar para los niños de un colegio de Mostar. Mi profesora traducía los sentimientos de los 25 alumnos de la clase y los plasmaba en una carta que enviábamos sepultada entre lápices y cuadernos. El objetivo era conocer cómo era la vida de esos niños de aquella lejana ciudad que había sido bombardeada sin piedad. Las respuestas, no las recuerdo. Lo único que tengo en la memoria es que cuando Paquita, nuestra profe, leyó, con un nudo en la garganta, el párrafo de una de las cartas en las que su homóloga hablaba del puente de Mostar, la clase se quedó en un silencio sepulcral. Y algunos alumnos empezaron a llorar.

Pocos días antes de que el sol de primavera asomara en aquel olvidado año de 2003, los presidentes Bush, Blair y Aznar se reunieron en la bautizada cumbre de las Azores, donde reafirmaron la existencia de que el régimen, como ellos lo llamaron, escondía armas de destrucción masiva por todo el país. Lo que callaron fue mucho. Nunca dijeron que los daños colaterales de esa Guerra serían miles. Niños, hombres y mujeres perdieron la vida por un miedo abstracto de Occidente. Por una pesadilla inventada por los conservadores, cuyo objetivo era catapultarse al podio y colgarse la medalla de garantes de la Libertad. Un premio que otorga muchos votos. Pero cuyo resultado fue, en realidad, la creación de organizaciones como Al Qaeda o Estado Islámico.


En plena era digital, en una entrevista a la cadena CNN, Blair pide perdón por la invasión a Irak y asume las consecuencias que colean en la actualidad, véase la situación Siria, derivadas de esa Guerra que el mundo intentó evitar. El británico también se disculpó hace unos años por aceptar pruebas erróneas de sus servicios de inteligencia. O por no escuchar ni valorar otros datos que desmentían la existencia de las armas fantasma.

A mí, unas horas después de esas declaraciones en la CNN, me viene a la memoria el señor Aznar convenciendo al electorado de la necesidad de bombardear Irak, justificando el horror, que mi clase de primaria comprendió cuando hablábamos de aquel puente, que es una Guerra.





Todavía no le he escuchado disculparse. Tampoco he escuchado ningún rumor de que se les vaya a juzgar y condenar por esos crímenes. Lo único que escucho son las consignas de No a la guerra, los gritos de paz de las manifestaciones que tuvieron lugar durante aquella sangrienta primavera.

domingo, 18 de octubre de 2015

sábado, 5 de septiembre de 2015

Bienvenidos a Europa

Welcome, refugees. Bienvenidos refugiados. Esto es Europa. Un continente que se escandaliza por una fotografía de un niño muerto que yace sobre la arena de una playa donde los turistas descansan sus problemas de primer mundo, pero que no se asusta al pensar en los miles de niños que mueren ahogados. Esta zona de la Tierra la gobiernan dirigentes que dicen a niñas en programas de televisión que, a veces, las decisiones en política son difíciles y que no se puede quedar en Alemania (lo que no dijo es que tendría que volver a zona de Guerra); pero que hoy, cinco años después del inicio de una de las Guerras más sangrientas, como si antes de esto no hubiera habido guerras ni personas escapando de los conflictos y del hambre, y cuando las elecciones asoman, deciden acoger a los refugiados y decir que "no nos podemos quedar con los brazos cruzados". Hasta hace varios días no tenían solo los brazos cruzados, sino también las piernas y el corazón.

Si ponéis la televisión o leéis un periódico aparecerán miles de fotos de vuestros niños. Incluso en algunas noticias, los periodistas instarán a los políticos a buscar soluciones. Los plumillas y directores de medios abusarán de imágenes de muertos. Se felicitarán unos a otros por dar voz a los sin voz. Pero nunca se atreverán a publicar el listado de los gobiernos, bancos y empresas que financian vuestras Guerras. Nunca publicarán ni un solo nombre de los que han matado a vuestros hijos, madres, amigos o vecinas. Y no lo harán por dinero porque sí que conocen sus datos personales.

Quiero avisaros de que las ciudades que os abren las puertas han sustituido hace mucho la justicia social por la solidaridad. Las instituciones ya no se preocupan por las personas. Las oportunidades vendrán de habitantes anónimos. Tened cuidado cuando andéis por las calles, entréis a los comercios o acompañéis a los niños al centro de Salud. Algunas personas os dirán cosas horribles. Alguna vez incluso os insultarán. Os pegarán o pintarán en la pared de vuestra vivienda "inmigrante vuelve a tu país".

Pero, también, encontraréis a mucha gente que os ayude a pasar la frontera, que os esté preparando una cama y un baño caliente. Que os espere con fruta fresca, tratando de imaginar vuestro dolor, que nosotros los europeos nunca podremos sentir porque las Guerras que conocemos las vemos solo a través de pantallas de plasma. Porque se sitúan fuera de las vallas que construyeron para que no entrarais, como si el hambre se contagiara. No lo sabéis pero también, aquí dentro, algunos tenemos un nudo en el estómago desde hace mucho; y nos gustaría pediros perdón. Por crear ese negocio tan horrible que es la Guerra. Y porque lo primero que debemos hacer es reconocer que en ninguno de los conflictos bélicos hemos sabido actuar. Que nunca hemos estado a la altura de las circunstancias.







P.D. Les animo a viajar un poquito más por Marte a través de este post que escribí hace mucho tiempo http://quemetrasladenamarte.blogspot.com.es/2012/11/tengo-necesidad-de-ti.html?m=1

lunes, 31 de agosto de 2015

¿Nosotros también llegamos así?

Martín: ¿De dónde viene la nieve? El pequeño sujeta con fuerza la mano de su padre, mientras busca las respuestas del mundo. No ha dormido desde que sus abuelos fueron a despedirles. Nunca había viajado en barco. Martín: ¿Dónde se guardan todas las palabras? La travesía, por fortuna, está siendo tranquila. Aunque larga, demasiado larga. El padre mira el mar. Observa las olas. Busca peces. O, quizás, la caja en la que se guardan las palabras. El viento revuelve su pelo. Martín: ¿Cuándo nacieron los sentimientos? Otto, el perro de peluche del niño, se queja de que tiene mucha, muchísima sed. En la cantimplora que le ha regalado su abuela paterna solo quedan unas gotas de agua. Martín: ¿Cuántas estrellas hay en el cielo? El padre se aferra a la fotografía arrugada en la que aparece una mujer. Él no sabe cuantificarlas, pero sabe que desde hace siete meses brilla una más. Martín: ¿Quién inventó las fronteras? Alguien lanza varios paquetes por la borda. El niño se pregunta si es un tesoro lleno de monedas de oro. Una luz le impide al padre abrir los ojos. Se adivina que la tierra está cerca. Martín: ¿Cuándo volveremos a casa?


Autores: João Pereira, Rodrigo Ribeiro


Ángela mira el telediario. Acaba de aparecer la imagen de un niño que tiembla de frío de la mano de su padre. El niño, piensa, debe de tener su misma edad. Tiene también un peluche de perro parecido al suyo. Ángela: Papá, ¿Nosotros también llegamos así?

P.D: Destacar la incapacidad de la Unión Europea y su falta de humanidad con los millones de refugiados que huyen de sus países, de la guerra, del hambre. De la muerte.

domingo, 12 de julio de 2015

Ahora que ya no somos desconocidos II

En este rincón de la Tierra no existe el tiempo. Los relojes se aferran de forma inhumana a las paredes a medio derruir. Las manecillas de los aparatos dejan de funcionar cada vez que cae una bomba en la ciudad fantasma. Marcan siempre las 11 de la mañana, de ningún día concreto, de un mes cualquiera del año de la Guerra.

Él seguía con ese gesto tan suyo de lloro mudo, y todavía utilizaba sus manitas sucias para tapar sus oídos. Al niño, se le había olvidado cómo llorar. Al igual que a su abuelo, quien permanecía sentado a escasos metros del niño tratando de invocar a Dios mediante las bolas amarillas de su tasbih. Quería pedirle protección. En el último año, la familia se había visto reducida a tres miembros: el niño, el padre y el abuelo. Las entrañas de la madre volaron por los aires cuando pisó una bomba. Al hermano mayor, los soldados le pegaron un tiro mientras simulaba disparar con un arma imaginaria a sus amigos. Tenía cinco años.

Abuelo y niño no son capaces de mirarse, no soportan ver reflejado en los ojos del otro su propio dolor, por eso observan las manecillas estropeadas del reloj. Ambos se parecen demasiado. Son igual de reservados. Son igual de parcos en palabras. El niño no ha abierto la boca desde que nació. Una vez estuvo a punto de hacerlo, pero el sonido de las sirenas que avisaban de nuevos ataques le paralizó. Se hizo pis. Y el abuelo solo habla en contadas ocasiones. Es la economía de la guerra.

Se ponen de pie. Fuera hace un día soleado. Si no fuera por la muerte que sobrevuela sus cabezas o por el paisaje inhóspito de la ciudad, podría decirse que hace un día bonito. Nieto y abuelo arrastran los pies en dirección al Norte de la ciudad en busca de nuevas provisiones. Uno al lado del otro. De repente, el niño empieza a correr hasta llegar al que fue el patio de una casa. Se queda mirándola. Allí está. La belleza de una flor sobresale entre la suciedad de la muerte. El niño tiene la tentación de arrancarla. Pero espera. Escucha la respiración irregular de su abuelo que acaba de alcanzarle y permanece a su lado de nuevo.  Entonces, ve a su abuelo llorar. No entiende bien el significado de su llanto, pero comprende que es importante dejar la flor en el mismo lugar donde nació.

P.D. Este post es la continuación de Ahora que ya no somos desconocidos. Seguimos siendo conocidos, a pesar de que la historia de este niño ya no salga en las noticias. Su situación es la misma y las instituciones siguen dejando morir a los civiles.
 

jueves, 9 de julio de 2015

Verano en la ciudad

Una vive esta época del año al amparo de la oscuridad, con las persianas bajadas por completo para evitar derretirse, con sesiones de ducha de agua fría varias veces al día, y esperando la ola de calor definitiva que me empuje hacia el centro comercial más cercano a comprar un ventilador. Llega el verano y con él las vacaciones, pero las mías, y por decisión propia, son como las del Guadiana. Lo que se traduce en que entre playa y montaña piso fuerte el asfalto de Madrid con el objetivo de poner al día asuntos pendientes, de los que aparco a un lado de mi vida cotidiana hasta que encuentro el tiempo necesario para resolverlos.

En realidad, no me pongo al día, los termómetros me lo impiden, así que me arrastro por las calles desiertas que separan mi casa de cualquier lugar con aire acondicionado sosteniendo entre los dedos la concha a la que trasladé de forma forzosa a la capital, para recordar el sabor de las vacaciones, a la vez que pienso en el extraño vínculo que he establecido con el juguete marino. Los expertos dicen que la felicidad consiste en las pequeñas cosas, a la par que recomiendan a la gente andar descalza y hablar con las plantas. O en frotarte la barbilla con un Diente de León para saber si estás enamorado. Claro que los especialistas no conocen mi particular síndrome de Diógenes. De ser así, nunca hubieran dado semejante consejo.

Hubo una época en la que siempre iba acompañada de un elefante, y en otra de una campana de la suerte. Por no hablar de mis manoplas islandesas (que salen en invierno). En mis bolsos nunca hay pañuelos (tan útiles en la mayoría de las ocasiones) sino objetos con historia y libretas a medias. Nada de esto baja la temperatura, pero por lo menos me hacen compañía  y me ayudan a superar mi verano en la ciudad.